Esta colección casi no existió.

Había empezado a crear, diseñé el estampado, lo mandé a imprimir, empecé a darle forma a los collares en mi cabeza y empecé a coserlos. Cuando puse el primero en el maniquí, la inspiración se me fue por la ventana. No me gustaba. Le faltaba la magia. 

Me bloqueé por algunas semanas y apreté el botón de pausa. Guardé todo en un cajón.

Entonces, un día, viendo la foto de mi abuela que tengo en mi corcho, que le tomaron en el día de mi cumpleaños, 36 años antes, la vi salir de la imagen, sentí su mano sobre la mía y juntas abrimos la caja donde yo había guardado cientos de apliques bordados que ella había comprado cuando hacía manualidades. ¡Esto es! Yo los había guardado con cariño porque para algo iban a servir algún día, tengo esa maña. Esos apliques los había elegido ella, hacía ya muchos años, y eran perfectos.

Con su susurro en mi oreja empecé a poner los apliques en mis piezas, más a la derecha, a la izquierda, este combina aquí, este allí, y todo tuvo sentido. Había llegado la magia. Fue un no parar de crear. De su mano, como cuando yo era pequeña.

Y así nació el jardín de lela.

Esta colección la diseñé yo, pero la hizo ella.